Querido Santa,

He podido constatar, tras haber vivido ya una cantidad razonable de inviernos y años, que es solamente en estas fechas cuando despiertan los niños que quedaron dormidos junto a nuestros recuerdos de infancia. Debe de ser el espíritu de la Navidad que les sacude el sueño…

Así pues, ocurrió que pasados los primeros días de este mismo mes de diciembre, despertó mi niña. Pero apenas se peinó el pelo y pintó las pestañas, se le heló la inocencia y agrietó la ilusión.

Sé a ciencia cierta, que el único malhechor capaz de provocar tal infortunio, es el frío, el frío que impera en estas tierras europeas. A mí —a mí, que soy mujer adulta— me heló el pecho y la boca y me agrietó el alma, y también la vida. ¡Es tan frío este frío que se hiela y agrieta incluso a sí mismo!

Habido yo, entonces, recurrido a los más distinguidos y honorables conocedores de las distintas ramas y aplicaciones de las ciencias de la atmósfera, y dado que de ellos ninguno supo ni quiso ni pudo combatir este malévolo frío, me dirigiré a ti, Santa, porque tú sí debes de saber, querer y poder combatirlo y deshelarle la inocencia y subsanarle la ilusión a mi niña antes de que desista.

De esta manera, a sabiendas de que tienes visto y llevas recorrido mucho mundo y en espera de que bajo mi pino navideño dejes frasquitos que contengan todos los calores que hayas sentido y conocido, te hago llegar esta carta.

Un caluroso saludo,

Melanie.


Escrito para la Real Sociedad de las Letras.

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